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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

LA ÉTICA DE LA ESTÉTICA AUDIOVISUAL


estatua marco aurelio
Estatua ecuestre del emperador-filósofo Marco Aurelio, conservada en los Museos Capitolinos de Roma.


LAS DECISIONES TÉCNICAS Y ARTÍSTICAS ESCONDEN POSICIONAMIENTOS ÉTICOS QUE EL CREADOR AUDIOVISUAL DEBE ADOPTAR CONSCIENTEMENTE.



Amigos lectores, este será mi último episodio de esta primera temporada del blog anafiláctico. Julio y agosto nos ofrecerán a los autores un saludable receso para compilar los estímulos de los que nacerán esas inquietudes en las que nos sumergimos (y esperamos sumergiros) con nuestros textos. Permitidme caer en la prosaica trampa de lo tópico, pero os anticipo que regresaremos con novedades que añadirán nuevas dimensiones a este proyecto en el que cuatro voces diversas, exponiendo sus sensibilidades y personalidades, se han atrevido a sincronizarse para conversar sobre el cine, la diversidad cultural, el arte, la filosofía, la política, la literatura: sobre la vida, en definitiva.


Realizada esta advertencia comercial, conviene que explique sucintamente la razón de por qué he elegido este tema, para contextualizar su peculiar pertinencia (si es que argumentar sobre la ética y la estética no constituye una necesidad que debemos acompasar con cada latido, irremediablemente). Sabéis que habitualmente discurro sobre especulaciones de un carácter más dogmático o ideológico (en el sentido filosófico y no político del término, pues aquel es el único que conduce a una reflexión conductual que no dependa de la comunicación), pero los tiempos convulsos y convalecientes en los que estamos transcurriendo no merecen el aislamiento intelectual que predican los narradores omniscientes, que pueden juzgar cualquier suceso con equidistancia porque no se involucran en ninguno (una visión radicalmente opuesta a la ecuanimidad). La pandemia del COVID-19, y los comportamientos gubernamentales, individuales y sociales que ha deparado; o las masivas protestas y reacciones tras el asesinato de George Floyd, trazan un panorama histórico en el que la ética recupera esa urgencia acuciante que parece desplazarse a un lugar secundario en las épocas serenas de paz y prosperidad. Las consecuencias del COVID ya han concitado nuestra atención en algunos de los artículos anteriores, y aventuro que la tragedia racial estadounidense se deslizará, de forma más o menos principal, en los últimos escritos que nos regalarán Gustavo, Teresa y Pilar como colofón a esta magnífica primera temporada. En fin, que cuando el mundo clama por justicia (y llevamos así muchos siglos, desde antes de las bienaventuranzas del monte Tabor; y ahora que los vuelvo a leer, la justicia probablemente ha sido un motor destacado que ha vibrado detrás de todos nuestros artículos), sería insensato y yermo que me ensimismara en conjeturas intelectuales sin perseguir una traducción ética para esos pensamientos. linea cita blog
Cuando se habla de estética debe hablarse de ética, porque no son realidades enfrentadas, sino una misma realidad que se condiciona mutuamente.
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retrato oscar wilde
Retrato de Oscar Wilde.


Oscar Wilde, en su celebérrima novela El retrato de Dorian Gray, y cómo celebérrimo dandi que era, enfrentó la ética (el estoicismo) y la estética (el hedonismo). La tradición de la filosofía occidental no ha llegado a postular esa dialéctica tan propia de una construcción narrativa, pero sí resulta curioso que, estructuralmente, la ética y la estética se vengan definiendo como ramas diferentes de la filosofía, aunque se reconozca que les vinculan mutualidades y que guardan relaciones simbióticas. Fue Wittgenstein quien las concilió e incluso llegó a fusionarlas: “ética y estética son uno” (con carácter epistemológico y metafísico, en su Tractatus-logico-philosophicus, 1921). Unas cuantas décadas después, en 2002, le recogió el guante un compatriota alemán, el entonces cardenal Ratzinger, cuando proclamó esa rotunda y brillante máxima de que “la belleza es verdad y la verdad es belleza”; de nuevo, el bien ético y el bien estético se integran como dos manifestaciones de un único mismo bien. Esta perspectiva es innegociable (creo) para un creador y un artista, salvo que se trate de una de esas figuras un tanto lunáticas para las que el acto creador o artístico carece de un impulso generoso y solo significa un recurso especialmente gratificante con el que masturbar su vanidad. Para todos los demás creadores y artistas (la amplia mayoría) que buscan entablar un diálogo con sus espectadores y no solo satisfacer su bulímica autoestima (lo que no anula que ese acto de compartir también contenga una proyección de su ego), cualquier decisión estética debería ir precedida de una reflexión ética. Al menos, en los procesos y obras de Producciones Anafilaxis trabajamos como si esta alineación fuera insoslayable.


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+ La característica principal de la creación artística es la forma, y por eso es en la forma, y no en el fondo, en lo que debe incidir el juicio ético.
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¡Cuidado: no se confunda mi cita a un papa con una determina reivindicación moral! Los relatos inteligentes y más fructíferos éticamente no son tendenciosos (de hecho, suelen ser ambiguos y paradójicos, porque ambigua y paradójica es la realidad) y dejan que sean los hechos y las comportamientos los que, mediante su objetiva elocuencia, impriman una determinada respuesta ética del espectador sin que el autor tenga que condicionarla tramposamente. No me estoy refiriendo al fondo de la obra, que es donde suele impregnarse la rancia naftalina de las moralejas y los moralizadores (¡ese pecado!), sino a la forma con la que se presenta. Cuando, a través de las épocas, los filósofos indagan en la estética y la caracterizan como el análisis de una “representación”, es evidente que están apuntando a la forma y no al fondo; pues es la forma lo que distingue a la actividad artística de cualquier otra actividad creadora, sin perjuicio de que la forma no deba considerarse como su exclusivo factor anatómico (exageración en la que, debe admitirse, han llegado a incurrir algunas de las corrientes artísticas del siglo nacidas en el s. XX).


fotograma casablanca
Fotograma de Casablanca, coloreado en los años 80 para darle una nueva vida comercial en vídeo y televisión.


Así pues, vamos a hablar de la forma de la obra y de sus consecuencias éticas. Elegiremos cuatro aspectos que determinan la forma de una obra cinematográfica o audiovisual, y por lo tanto su resultado estético, y como última consecuencia la percepción que los espectadores puedan obtener de ella (percepción en la que mediamos como artistas, y es esta mediación, en cuanto que acción humana, la que nos aboca a un previo discernimiento ético): la profundidad de campo, la composición panorámica o en 4:3, el color o el blanco y negro, y el atrezo artesanal o los efectos visuales. No aguardéis mi opinión sobre cada una de esas decisiones artísticas (o al menos no mi opinión explícita), que obligan a ejecuciones técnicas diferentes y que producen impresiones estéticas (y por tanto éticas) singulares, porque seguiré el patrón de un moderador: introduciré los debates. Los mismos debates que nos ha sugestionado la participación en un cortometraje de cine experimental, tan ajeno a nuestros habituales cánones de producción, y que sin duda ha enriquecido nuestra visión sobre el cine. En este sentido, queremos manifestar aquí un comprometido agradecimiento al director, Velasco Broca, que con su magisterio ha abierto nuevas posibilidades a nuestro propio trabajo y a quien debemos algunas de las reflexiones de esta tribuna.


La profundidad de campo viene determinada por la apertura del diafragma (la cantidad de luz que permitimos que incida en el sensor), la distancia focal (la distancia entre el centro óptico de la lente y el sensor de la cámara) y la distancia real entre la cámara y el objeto. Parece, pues, un factor eminentemente técnico: si elegimos una lente más luminosa y con un zoom más corto (un 85 mm frente a un 35 mm), estaremos restringiendo la profundidad de campo que capta nuestra filmación. Desde una perspectiva estética, la profundidad de campo se relaciona con la nitidez. Pensemos en un paisaje con una figura interpuesta: si optamos por ópticas que nos ofrezcan una profundidad de campo más penetrante, el conjunto panorámico estará más enfocado, conseguiremos atisbar con cierta precisión la línea del horizonte y la imagen reforzará su tridimensionalidad, su volumen; inversamente, si la profundidad de campo es estrecha, lograremos concentrar la atención en la figura interpuesta porque el fondo se habrá difuminado (la imagen se aplanará y ganará en apariencia pictórica). La comunicación publicitaria y televisiva nos han acostumbrado a esos característicos desenfoques del fondo, hasta el punto de que nuestro subconsciente los asocia con un cierto nivel requerido de calidad técnica, cuando lo cierto es que suelen responder a limitaciones presupuestarias de la puesta en escena y que el cine ha tratado huir de este recurso que restringe la perspectiva visual del espectador. Y es en esta restricción donde se aprecia el debate ético, particularmente para el director de fotografía: ¿debemos esconder al espectador algunos elementos de la escena o debemos mostrárselos todos? ¿Debemos confiar en su capacidad inteligente para dirigir su atención hacia la acción principal, y por tanto para juzgarla, o debemos orientarle inmediatamente para que no se pierda? linea cita blog
La profundidad de campo, la ratio de aspecto, la elección cromática o la introducción de VFX no solo implican decisiones técnicas y estéticas, sino también éticas.
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director fotografia robert deakins
Robert Deakins, director de fotografía ganador del Óscar de este año por 1917.


El cine ha transitado por numerosos formatos (como el pantagruélico cinemascope, que tan bien luce, no obstante, en los westerns, los péplums o el cine bélico), pero los más asentados comúnmente han sido el 4:3 (un cuadrado algo estilizado) y el 16:9 (el rectángulo alargado que resulta ordinario en cualquier sala de exhibición actual). A pesar de que la relación de tamaño de la pantalla del cine ha evolucionado como respuesta a las capacidades tecnológicas de la televisión (entendida, en este caso, como soporte y canal material), y en otras tantas ocasiones como competencia frente a ella, no es un aspecto que pueda estudiarse tan solo como un condicionante mercantil o económico. Estéticamente, la ratio 4:3 facilita la simetría compositiva, mientras que el 16:9 invita (obliga, en cierta manera), a que los esquemas compositivos de los planos se muevan hacia la horizontalidad. No obstante, y de nuevo, la preocupación del director de fotografía no debe ceñirse exclusivamente a las consecuencias artísticas y técnicas que el medio de reproducción le impone (y una producción sabia sabe adaptarse al formato de emisión), sino que también alcanza a convicciones éticas (aunque debe reconocerse que, en este caso, se ven extraordinariamente coartadas o uniformadas por los estándares de la distribución comercial). Está científicamente comprobado que la relación 4:3 permite que la totalidad del cuadro sea asimilado cognitivamente en menos tiempo y con plena atención, mientras que la relación panorámica produce que el espectador pueda distraerse realizando barridos con el ojo o movimientos laterales del cuello para captar toda la información del plano. Pero ¿el 4:3 no perjudica el asombro apabullante que nos causa la Tierra Media de El señor de los anillos cuando se graba con gran angular? A qué compensa renunciar: ¿a la espectacularidad, de la que vive el cine, o a su sentido narrativo, del que también vive?


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A pesar de que las necesidades de la distribución comercial uniformicen las decisiones estéticas y éticas, el autor no puede apartar su compromiso con ellas.
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Con la elección entre color y blanco y negro, y entre atrezo artesanal y efectos visuales, se repite la misma circunstancia que sucede con la relación de aspecto: se puede tener predilección por uno u otro modelo con propósitos estéticos, y ahora veremos que también éticos, pero el circuito típico de distribución suele vetar las propuestas que se salgan del canon establecido (de ahí el mérito excepcional de El faro). En mi anterior artículo, aseguraba que el tiempo constituye la materia prima de la creación cinematográfica. Si es así, y el registro del tiempo y de su impacto en la realidad es el fin y el medio de la expresión audiovisual, tanto documental como ficcional, el color puede considerarse un factor accesorio y no esencial. Además, el color otorga a los objetos una categoría simbólica que impide una inocua percepción de las formas y las estructuras de la realidad. Y por eso surge la pregunta ética radical (que puede parecer un superficial disfraz artístico, pero que, una vez expuesta esta tesis, resulta evidente que abriga una honda carga moral), una pregunta que además se propaga con efectos narrativos: ¿qué es lo que me interesa contar y cómo lo cuento? ¿Descubrir la desnuda naturaleza del tiempo mercería que Memorias de África, por ejemplo, se tuviera que ver en blanco y negro?


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El maestro jedi Yoda en su versión robótica (El imperio contraataca, 1980) y en su versión digital (La venganza de los Sith, 2005)


Respecto a la confrontación entre los efectos especiales físicos y los digitales, la reflexión ética todavía excava más profundo (se verá que no supone un ejercicio de frívolo fetichismo). La imagen cinematográfica cumple una función representativa, un indicio que remite a un icono con el que guarda un parecido. Si los efectos especiales son físicos, pertenecerán a unas coordenadas espacio-temporales irrepetibles y que se corresponderán con las que pesan sobre cada uno de los elementos que aparecen en el fotograma: los diferentes personajes y objetos estarán relacionados entre sí por una misma influencia de la luz y una misma posición respecto al tiempo. La imagen preservará así su cualidad de indicio puro y amplificará su verosimilitud, por muy imaginativas que sean las maquetas o los efectos especiales físicos, pues siempre habrá una reminiscencia última en una impresión real. Y, sin embargo, ¿quién repara en esas disquisiciones, y quién se inclinaría a su favor, cuando disfruta de las guerras galácticas diseñadas en VFX de las últimas películas de Star Wars?

Concluyo, como única conclusión clara de todos los debates abiertos: lo que propugno en este artículo es que los creadores audiovisuales, y así lo aplicamos en Producciones Anafilaxis, deben adquirir un compromiso con la forma peculiar de su medio expresivo. Y ese compromiso implica una alianza entre la estética (lo artístico y lo técnico) y la ética, que deben interpretarse como la unidad del flujo pensamiento-acción que determina que una creación alcance el grado inspirador de la trascendencia.



Publicado el 16/06/2020



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