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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

¿QUÉ HIZO ESPAÑA MIENTRAS TODO SE VENÍA ABAJO?


Vecinos en Teruel
Vecinos de Híjar, en Teruel, celebran la tradicional "rompida de la hora" desde sus balcones


20.000 FALLECIDOS Y CINCO SEMANAS DE LIBERTADES RESTRINGIDAS DESPUÉS PARECE QUE LOS ESPAÑOLES EMPIEZAN A REPLANTEARSE SU PAPEL EN ESTA CRISIS


Se preguntaba el otro día la maravillosa y siempre certera Leila Guerriero: “¿Qué recordaré de todo esto, de los días iguales, de este miércoles que es también domingo, o martes, ya ni sé?” Y entre el listado que enumeraba se encontraba el temor, el temor por todas las cosas que pueden salir mal. No sé cómo lo verán ustedes desde sus hogares (donde más les vale encontrarse al menos que tengan una excusa contemplada en el BOE), pero la sensación percibida es que cada día que pasa, el miedo es más palpable. Y ya saben lo que decía aquel sabio maestro “El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento”. Nos han acostumbrado a una sobreprotección excesiva, el famoso mantra del “todo va a salir bien”, y ahora el darnos cuenta de que los acontecimientos se han torcido y de que igual no tienen vuelta de hoja, provoca un sufrimiento insoportable para muchos.

Seguro que conocen o han oído hablar de los distintos tipos de falacias. Sepan que, de todas ellas, la del falso dilema es mi preferida. Dicha falacia lógica plantea una situación en la que se presentan dos puntos de vista como las únicas opciones posibles, cuando en realidad existen más alternativas que no han sido consideradas. Las opciones suelen ser además las más extremas dentro de las distintas posibilidades. En comunicación política los falsos dilemas son el pan de cada día, escondiditos en preguntas retóricas donde si no contestas a gusto del interrogador, quedas retratado. Los ejemplos estos días corren como la pólvora “¿Saldrás a aplaudir a los sanitarios o eres un desagradecido?”, “Ahora no es tiempo de divisiones ni de responsabilidades, hay que estar unidos contra el virus, ¿sabes quienes no apoyan el tan necesario discurso de la unidad frente a esta crisis? Los fachas. Así que si tú tampoco lo haces, eres un facha. ¡Facha!”.
Pues bien, desde que el Gobierno decretó el estado de alarma, que ya tiene más aspecto de su hermano mayor, el estado de excepción, la ciudadanía ha querido saber cuánto tiempo durarían sus medidas. Lógico, si van a privarnos de nuestra libertad de circulación, si van a prohibirnos abrir nuestros negocios y, en definitiva, si van a confinarnos a una suerte de arresto domiciliario, lo normal es querer saber de cuánto tiempo estamos hablando. Cualquier persona necesita saber cuándo podrá volver a la oficina, levantar la persiana de su negocio, llevar a sus hijos al colegio, pedir hora en la consulta del psicólogo (o en el INEM) o ir a visitar a sus familiares y amigos. Poder organizarse es quizás la más infravalorada de las actividades que este estado de excepcionalidad nos ha arrebatado.
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En cada generación hay un selecto grupo de idiotas convencidos de que el fracaso del colectivismo se debió a que no lo dirigieron ellos. Javier Pérez-Cepeda (@cchurruca)
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Rueda de prensa
Rueda de prensa telemática de los ministros María Jesús Montero y Luis Planas.


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Nos alegramos porque un presidente haga su trabajo, ya no les premiamos por un desempeño excepcional de sus funciones. El mero hecho de que ese desempeño exista, aunque sea de manera mediocre y mínima, lo percibimos como un logro mayúsculo.
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Pero para desgracia de todos, si algo está dejando de relieve esta gestión de la pandemia, es la falta de claridad, de transparencia y de coordinación que hay en el Gobierno. No hay más que seguir una rueda de prensa para percatarse de las palabras huecas, su falta de concreción o el «anunciar que van a anunciar» que tanto les gusta. Eso sin olvidarnos de que hizo falta un manifiesto firmado por 500 periodistas, entre los que se encontraban medios como ABC, El Mundo, Vózpopuli o Libertad Digital, para solicitar que en las ruedas de prensa de la Moncloa hubiera preguntas en directo y evitar así la censura y la opacidad en la información que los ciudadanos recibíamos. Es increíble que un Gobierno que desde el primer minuto se ha definido como progresista haya sido capaz de estar durante las tres primeras semanas del estado de alarma más duro y restrictivo de nuestra democracia, filtrando las preguntas a través de un chat de WhatsApp y leyéndolas en voz alta sin permitir siquiera la conexión telemática de los medios de comunicación.

El domingo 29 de marzo no se publicó hasta casi la medianoche el decreto por el que quedaba paralizada toda actividad considerada «no esencial». Todo apuntaba a discrepancias internas entre las dos áreas más afectadas por esta crisis (Salud y Trabajo), gestionadas por PSOE y Unidas Podemos respectivamente. Los dos partidos que se reparten el Gobierno negaron que la tardanza en la publicación del decreto se debiera a diferencias internas, pero admitieron improvisación. El ministro responsable de la cartera sanitaria, Salvador Illa, se encargó de decir al día siguiente que «No hay economía sin salud y el primer objetivo es derrotar al virus cuanto antes mejor».

El miércoles 8 de abril la portavoz del Gobierno y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, aseguró que los ciudadanos a partir del 26 de abril podrían recuperar «su vida normal», aunque especificando que la vuelta a la «ocupación de calles y plazas» se realizaría «de manera ordenada» y «con instrucciones claras» que transmitiría el propio Ejecutivo. Tuvo que salir a desmentir las afirmaciones sobre la fecha de desescalada su colega el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, quien dijo que «No sabemos cómo va a estar el país desde el punto de vista sanitario el 26 de abril, que es lo que condiciona la vuelta a la normalidad». Vamos, la situación de unidad y planificación que uno se espera por parte del mismo Gobierno que le pidió semanas atrás que cerrara su empresa y se quedara en casa con sus hijos y no fuera a enterrar a su madre con la única promesa de que así se salvarían vidas.

El sábado 18 de abril, el presidente, Pedro Sánchez, se dirigió a los españoles para informarles de que se ampliaban por tercera vez las medidas de confinamiento hasta el 10 de mayo. Una vez más, entre los de su entorno, el nuestro es de los últimos países en informar sobre las fechas y los detalles del desconfinamiento. En Francia, Macron se dirigió a los franceses para trasladarles la hoja de ruta que maneja su Gobierno. Los franceses seguirán confinados hasta el 11 de mayo, pero saben lo que pasará o está previsto que pase entonces. Tienen ya la certeza de que bares, cafés, restaurantes, museos y festivales seguirán cerrados hasta mediados de julio. Esa hoja de ruta está condicionada a la evolución de la pandemia, de acuerdo, tampoco vamos a pedir milagros, pero al menos demuestra trabajo previo y planificación. ¿Se dan cuenta de la tristeza del asunto? Nos alegramos porque un presidente haga su trabajo, ya no premiamos a los demás por un desempeño excepcional de sus funciones. Es que el mero hecho de que ese desempeño exista, aunque sea de manera mediocre y mínima, lo percibimos como un logro mayúsculo. «Votasteis gestos, tenéis gestos», que diría la economista María Blanco.



Presidente Pedro Sanchez
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la comparecencia del 18 de abril.


Sin embargo, en España el descontrol en los datos de contagiados o de fallecidos está siendo tal que incluso impide que los investigadores, sobre todo los matemáticos, puedan trabajar sobre modelos de predicción de la expansión de la pandemia. Estas previsiones científicas son esenciales para determinar correctamente cuál es la mejor manera de poner en marcha el desconfinamiento de la población. Ya saben que el Gobierno ha alardeado mucho de estar tomando las decisiones sobre la pandemia apoyándose siempre en lo que le transmiten los científicos. Cuando la decisión está bien tomada fue porque trabajaron codo con codo con los científicos y expertos. Y lo cuentan de una forma que parece que han estado ellos personalmente haciendo los test a las personas asintomáticas o que se han pasado las noches interpretando gráficas, tendencias y miles de datos para poder hacer el análisis matutino al día siguiente cuando se publican los números del recuento del día anterior.

Eso sí, a la hora de asumir errores o negligencias escurren el bulto también hacia la comunidad científica, como diciendo “hablen ustedes con ellos, a nosotros qué nos cuentan”. Un ejemplo de ello es el de la ministra de Igualdad, Irene Montero, que acusó a las derechas de estar utilizando la crisis del coronavirus con de forma partidista para “atacar a las mujeres y al feminismo”, por el hecho de denunciar que las marchas que se celebraron el 8 de marzo tuvieron que ver con la expansión del virus. Por supuesto para explicar por qué el Gobierno no suspendió las marchas del 8M, la ministra utilizó las palabras mágicas “en todo momento hicimos lo que dijeron los expertos y las autoridades sanitarias”. Evidentemente eso no es cierto, puesto que ya el 27 de enero la OMS exigió al Gobierno español, y demás socios de la organización, la “prevención de eventos de amplificación”. Señora Montero, si la Organización Mundial de la Salud no le parece una autoridad suficiente yo ya no sé.
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En una sociedad en la que la crítica a las decisiones gubernamentales califica como deporte de riesgo es normal que el sufrimiento, el miedo y el hastío devengan en ira y en hartazgo.
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Lo que se desprende de todo el discurso y el panorama político actual es una suerte de “sálvese quién pueda” monumental. Al mínimo gesto torcido o ceja enarcada que se atrevan a cuestionar sus formas se procede al señalamiento callejero y a la rasgada de vestiduras. Es el “si no estás conmigo, eres mi enemigo” llevado al extremo. En una sociedad en la que la crítica a las decisiones gubernamentales califica como deporte de riesgo es normal que el sufrimiento, el miedo y el hastío devengan en ira y en hartazgo.

Cada vez que oigan en boca de nuestros dirigentes las palabras “bulo”, o “ultraderecha mediática”, sepan que la mayoría de las veces no están tratando de protegerles contra esa cadena de noticias falsas que les reenvía su tía y que dice que si hacen gárgaras con agua a 65 grados se les curará la enfermedad y de paso tendrán suerte en el amor durante diez años. No, lo que ellos persiguen es prohibir y expulsar de la sociedad todo comportamiento que no case con sus ideas colectivistas. Una vez más, todo lo que no emane de cierto sector, será considerado como nocivo, radical y por consiguiente habrá de ser eliminado antes de que promulgue más “mentiras”, que no serán otra cosa que distintos puntos de vista, en la mayoría de los casos tan legítimos como los suyos y amparados por la Constitución. Ahora bien, cuando les pregunten por ello dirán muy diligentemente que la manera de distinguir la persecución de los bulos y las fake news de una supuesta caza de brujas contra la libertad de expresión es que «El bulo conduce a falsedades independientemente del contenido, con la finalizad de engañar, de conseguir un fin lucrativo o de provocar alarma social». ¿Y quién decide qué es o deja de ser alarma social? ¡Equilicuá, amigos!



Vicepresidente Pablo Iglesias
Pablo Iglesias, vicepresidente segundo e Irene Montero, ministra de Igualdad.


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Los que hablan de mantener todo cerrado hasta después del verano o incluso hasta finales de año y además pretenden justificarlo con el argumento sanitario de salvar vidas son unos irresponsables y unos inconscientes.
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Por eso cuando no vemos luz al final del túnel, porque no nos la dan, porque no la hay, y preguntamos honestamente que cuándo podremos volver a trabajar o cuándo abrirán los comercios y lo que recibimos son gritos de ¡capitalista!, ¡asesino!, ¡egoísta! solo nos queda pensar “¿Todavía seguimos con esas?”. Métanse en la cabeza lo siguiente: no se trata de elegir entre la vida y la economía. Ese es otro de esos falsos dilemas de los que les hablaba al principio inventados por el Gobierno para justificar la radicalidad de las medidas de contención a las que se ha visto obligado por su tardanza en actuar. Cada día de más que pasemos todos en casa sin un plan de choque y una desescalada progresiva pero eficaz, se cobrará en empleos destruidos.

Me hacen gracia los que piensan que la economía y el trabajo no van con ellos. Como si hablar de prima de riesgo, de la bolsa, del IBEX o de la deuda pública fuera hablar de señores amorales, entrados en años, que disfrutan fumándose unos Cohibas subido a una montaña de billetes de quinientos euros mientras aprietan un botón rojo que tala el Amazonas y ellos se ríen a carcajada limpia al ver el mundo arder.

La realidad es que sin trabajo tampoco puede haber salud, desde luego no psicológica. Una de las gráficas que más me apetece ver cuando dentro de unos meses empecemos a tener más datos es la del porcentaje de enfermos diagnosticados con depresiones, ansiedades o trastornos del sueño o de la alimentación. Por eso los que hablan de mantener todo cerrado hasta después del verano o incluso hasta finales de año y además pretenden justificarlo con el argumento sanitario de salvar vidas son unos irresponsables y unos inconscientes.

Si hace un mes era necesario frenar los contagios y restringir al máximo los movimientos para no colapsar los hospitales, dentro de un mes será tan necesario o más reactivar la economía. Una caída del 9,5% del PIB tal vez no les diga mucho a todos, pero una tasa de paro que supere el 20% significará que una de cada cinco personas se irá a la calle. Y los porcentajes serán todavía peores entre los jóvenes. La crisis que va a afrontar la economía mundial va a ser significativamente peor que la de 2008 y va a afectar a todas las zonas económicas. Así que el comodín de “irse fuera” queda descartado.

Los normal en una situación así, con un gobierno a la altura de las circunstancias, sería que se implementasen medidas para mantener los empleos de los ciudadanos, no los suyos. ¿Renta mínima vital? Mejor llamarlo “construcción de redes clientelares destinadas a mantener y ganar votos”. A principios de abril supimos que se habían destruido 122.000 empresas en marzo, es decir, todas las que llevábamos creadas en los últimos 5 años de expansión económica. Que casi 1 millón de autónomos ya han solicitado la prestación extraordinaria por cese de actividad y que 6,3 millones de trabajadores podrían estar cobrando algún tipo de subsidio a finales de año, según los datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones.

Es cierto que somos muchos los afortunados que podemos teletrabajar y desempeñar casi al 100% nuestras labores sin movernos de casa, pero la gran mayoría de trabajadores no tienen esa suerte. Precisan salir y abrir su comercio, porque a su vez de ellos dependen otras tantas personas que son también cabezas de familia. Las grandes empresas no podrán salvarnos a todos y volverán los trabajos mal apagados y los horarios abusivos. Y con ello la imposibilidad de conciliar, de emanciparse. ¿Pensaba casarse? ¿Irse a vivir con su pareja? ¿Tener un hijo? ¿Pedir una hipoteca para comprarse un piso? Olvídese.

Pertenezco a la generación que vivió la adolescencia y los últimos años del colegio oyendo hablar de la crisis. “Menuda época más mala os ha tocado para graduaros, menuda época más mala tenéis para ir a la universidad, menuda época más horrible tendréis para incorporaros al mercado laboral”. Miráramos donde miráramos y estudiáramos lo que estudiáramos prácticamente todos teníamos claro que acabaríamos trabajando “de lo que fuera” y probablemente fuera de nuestra provincia cuando no de España.


Ahora ya no tenemos 15-20 años y la página en blanco, hemos crecido y estamos en la década de los treinta. Muchos hemos pasado por distintos trabajos, sectores y ciudades. La especialización y la capacidad de adaptación al cambio que la crisis del 2008 nos imprimió son portentosas. Pero la mayoría de nosotros pensaba que después de diez años ya habríamos llegado alguna parte, que estaríamos “encaminados” y que por fin iban a mejorar nuestras condiciones puesto que por edad nos tocaba empezar a llegar a puestos de responsabilidad. Teníamos un plan, un proyecto y estábamos listos para llevarlo a cabo.

Esta nueva crisis consecuencia de la COVID-19 ya se anticipa como la mayor crisis económica desde la Guerra Civil. Adiós a los sueños y no solo a los nuestros, juntos a nosotros se truncan los del resto de la sociedad. Surgirá otra nueva generación de jóvenes que crecerán bajo la sombra de la palabra “crisis”, a los que se les hablará de buscar oportunidades, de emprender, de no dejar nunca de formarse y de lograr nuevas aptitudes. Otra nueva tanda de parados de más de 45-50 años, personas con una larga trayectoria profesional que se encontraban perfectamente asentados y de cuyos ingresos dependía toda una familia y a veces varias. Las consecuencias sociales de esta crisis van a ser desoladoras. Millones de personas que ya pensaban que habían tenido su dosis de escarmiento y precariedad hace doce años se van a encontrar con que vuelven a estar contra las cuerdas y que esta vez sus consecuencias son más virulentas.
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Millones de personas que ya pensaban que habían tenido su dosis de escarmiento y precariedad con la crisis de hace doce años se van a encontrar con que vuelven a estar contra las cuerdas y que esta vez sus consecuencias son más virulentas.
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Oficina Empleo Madrid
Cola del paro en la Oficina de Empleo de la Comunidad de Madrid.


Si vamos a pasar a depender (otra vez) de la ayuda de nuestros padres y estos están a punto de jubilarse… más pronto que tarde nos encontraremos con que aquellos que fueron los colchones y la salvaguarda de miles de familias en el 2008, ya no están. Los abuelos, aquellos que cuando deberían haber disfrutado de su jubilación tuvieron que remangarse para entregar como aval su casa y así ayudar a sus hijos y criar a sus nietos, ahora son las víctimas con las que más se está cebando el coronavirus.

Permítanme que incida en aquellos que se encuentren en edad reproductiva, porque sus decisiones afectarán de lleno a toda la sociedad. Crisis sanitaria, crisis económica y ahora también crisis demográfica. Muchos de los que se encuentren en la treintena y ahora pierdan su empleo o vean considerablemente disminuidos sus ingresos, no se plantearán tener familia ni hijos. Marta Seiz, socióloga, experta en demografía e investigadora en la UNED, también alerta del impacto demográfico: “Al estar en la etapa reproductiva, si han de consolidarse en un mercado de trabajo aún más inestable y con más incertidumbre, se acrecentará la tendencia a retrasar el primer hijo, y hoy ya son más del 30% las madres primerizas que pasan de los 35 años” lo que reducirá el número total de hijos de las nuevas familias.


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¿En serio pensamos pasar a la historia como la generación que se consolaba porque se veía la Sierra desde el centro de Madrid, el agua del Llobregat estaba más cristalina y los corzos campaban libres por Valladolid?
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Como pueden constatar el panorama no es pues, nada halagüeño. Para muchos ciudadanos esta crisis supone un descenso a las profundidades sin saber si podrán volver a salir a flote. Si se acuerdan, he titulado a este artículo ¿Qué hizo España mientras todo se venía abajo? Porque la realidad es que cuando todo termine, cuando se encuentre una vacuna, cuando lleguen los primeros brotes verdes, nuestro yo de dentro de diez años hará examen de conciencia y se preguntará qué hizo. Nuestros hijos (si logramos tenerlos y mantenerlos) querrán saber qué hicimos. El mundo mirará en derredor y evaluará no solo la gestión del Gobierno sino sobre todo la de sus contribuyentes. ¿Cómo queremos que se nos recuerde? ¿En serio pensamos pasar a la historia como la generación que se consolaba porque se veía la Sierra desde el centro de Madrid, el agua del Llobregat estaba más cristalina y los corzos campaban libres por Valladolid?

No hay que tener miedo a decir lo que pensamos. Nuestra libertad, por mucho que estemos confinados en casa y con los movimientos restringidos, podemos y debemos seguir ejerciéndola mediante el uso de la palabra, tanto oral como escrita. Que tragó con los deseos de unos dirigentes cobardes que actuaron mal y tarde a sabiendas de lo que se venía es lo último que se dirá de este país y de sus habitantes.

Burke decía que para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada. En la actualidad, con toda la crisis de credibilidad que sufren los medios de comunicación, para que una idea triunfe en la sociedad, solo necesita ser bien percibida. Ya no importa si las acciones son buenas o son malas ni si las afirmaciones que hacen los políticos son ciertas o no. Por cada afirmación promulgada hay prácticamente el mismo número de fuentes desmintiéndola que confirmándola. Muchas veces es inútil y frustrante nadar contracorriente y uno se pregunta hasta qué punto merece la pena luchar por la verdad y por la justicia.

Porque no nos engañemos, los que más estamos sufriendo y vamos a sufrir los efectos de la crisis de la COVID-19, ya sea porque perdamos a alguien, nos quedemos en paro, tengamos que rehacer nuestros objetivos a medio plazo o nos distanciemos de nuestros seres queridos, somos todos nosotros. Nosotros somos las víctimas, pero solo en la medida en que consintamos serlo. Tenemos el poder para hacernos escuchar y sobre todo para evitar que la Historia se repita. Y eso ellos lo saben. Por eso tratan de acallar a todo aquel que les lleve la contraria. Pero ahora tenemos la sartén por el mango y vamos a hacer valer nuestros derechos. Vamos a exigir respuestas.


Hospital de Ifema
Hospital de Ifema.


Este no es un país que se limita a aplaudir y a mirar desde los balcones a ver si hay alguien incumpliendo las normas. Este no es un país de aborregados que se limitan a apretar los puñitos con cada rueda de prensa que les deja a medias o con cada vídeo difundido por fuentes de dudosa procedencia. Nuestra vida ha cambiado. Hace cinco semanas íbamos al trabajo en coche, nos tomábamos el café en el bar, comíamos en casa de un amigo, salíamos al parque con nuestros hijos o comprábamos billetes de avión para ir a Italia en verano. Todo eso desapareció de la noche a la mañana debido a la cesión de libertades que se nos obligó a hacer como único remedio posible para hacer frente a un virus muy contagioso. Por ello para salir de esta seguiremos necesitando mucha responsabilidad individual, sí, pero también que nuestros políticos sean valientes y, cuando toque, levanten las barreras que nos pusieron y nos devuelvan aquello que ahora les hemos entregado para mantenernos a salvo.

Son casi 21.000 personas las que han fallecido por esta pandemia. Sin contar todos aquellos que murieron sin siquiera saber que estaban infectados y cuya pérdida quizás jamás cuente en las cifras oficiales. Que no nos acostumbremos nunca al sufrimiento, aunque sea ajeno. Que no despreciemos ni una sola de esas muertes, no importa la edad que tuviese la persona o si dejaba o no atrás a familia y amigos.
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Para salir de esta necesitaremos responsabilidad individual pero también que nuestros políticos sean valientes y, cuando toque, levanten las barreras que nos pusieron y nos devuelvan aquello que ahora les hemos entregado para mantenernos a salvo.
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Desde luego si solo pudiera decirse una cosa de la acción de la sociedad española durante todo este periodo oscuro, que fuese responsabilidad y condolencias.


Etiquetas: COVID-19, Coronavirus, Gobierno de España, confinamiento, descontento, crisis

Publicado el 20/04/2020



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