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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

Un movimiento a “Contracorriente”: la representación gay en el cine peruano




El progreso de la comunidad LGTBI+ se puede medir con cada celebración anual de su orgullo, no solo en base al número de asistentes en las manifestaciones sino también por la pasión que despliegan las distintas expresiones culturales que lo acompañan. El cine en ese sentido es una brújula que no ha dejado de apuntar hacia el otro extremo del arcoíris. Atrás quedan los tiempos de conformidad con comedias heterosexuales cursis o dramas que incluían representantes aún ocultos en el Celluloid Closet del historiador Vito Russo. Hoy existe un verdadero fenómeno transnacional conformado por títulos que van desde lo más explícito hasta lo más accesible, cubriendo la realidad del colectivo tanto en culturas cosmopolitas que abrazan la diversidad como aquellas recónditas donde hacerlo puede suponer una sentencia de muerte.

El Perú se encuentra en un frustrante nivel intermedio donde la ley no persigue ni condena a nadie por ser gay, lesbiana o transgénero pero tampoco les ofrece respaldo para casarse, protegerse de discriminación laboral y en general vivir como cualquier otro ciudadano (heterosexual). Ello se debe en buena parte a la indiferencia y rechazo que la mayoría de la población sienta hacia esta comunidad, un estancamiento cultural que se ha traducido en documentales y melodramas en los que miembros del colectivo se enfrentan a los prejuicios y fobias de su entorno familiar y amical. A diferencia de vecinos como Chile y Brasil que ya han lanzado títulos de una creatividad y desenfado más propios de Europa, el cine peruano ha mantenido un perfil mayormente cauto pero emotivo como el del Hollywood más progresista que busca despertar la empatía de un púbico cuando menos difícil.

Aunque contrasta notablemente con su vasta y explícita representación de lo heterosexual, digna heredera del arte erótico de los Moche, el aporte del cine peruano a la cultura LGTBI+ es significativo en tanto que visibiliza y reivindica a sus miembros en el país, sobretodo los homosexuales. Se le puede reprochar por ser tardía, mínima y relativamente púdica pero esta representación no deja de demostrar una evolución positiva que se compara a las de cinematografías más abiertas y reconocidas. Las películas de temática gay más recientes lo confirman por su buena acogida entre críticos locales y extranjeros, sus notables galardones en festivales y certámenes, y especialmente porque algunas han sido realizadas por directores abiertamente homosexuales. Pero para poder apreciar mejor el recorrido ascendente de este subgénero fílmico en el Perú es necesario remontarse a sus inicios menos decorosos.
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En Perú la ley no persigue ni condena a nadie por ser gay, lesbiana o transgénero pero tampoco les ofrece respaldo como cualquier otro ciudadano.
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la copa rota
La copa rota. Augusto Salazar como El Zambo en Los amigos.

Al primer personaje gay peruano lo podemos encontrar en Los Amigos el corto de Francisco Lombardi perteneciente al film antológico Cuentos inmorales (1978). En esta sátira de la sociedad limeña de antaño cuatro amigos de colegio tienen un reencuentro efusivo donde no faltan las burlas machistas típicas de un entorno popular. Con el paso del tiempo y del alcohol, sin embargo, surgen reproches y envidias que solo responden a una competencia implícita por descubrir al amigo más exitoso. El Zambo González (Augusto Salazar) se perfila como tal por ser soltero, trabajar en un ambiente televisivo lleno de mujeres y poseer, según los demás, una virilidad excepcional asociada a su raza negra. A Jorge (Jorge Rodríguez Paz), el gestor de la reunión, no se le ocurre plan de cierre más varonil que ir a un burdel. Su entusiasmo lógicamente se convertirá en decepción e ira cuando una de las prostitutas identifica a El Zambo como homosexual. Éste lo ratifica con su negativa a tener sexo con otra prostituta mientras escucha con temor los insultos y golpes de Jorge fuera del cuarto.

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El Zambo es redimible como precursor gay por surgir en un contexto de dictadura militar y uno de los pocos protagonistas afroperuanos del cine nacional.
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Si bien su orientación es reprochada más como prueba de la hipocresía del personaje que por la orientación misma, la homosexualidad de El Zambo está lejos de significar una prematura reivindicación del colectivo. El director y guionista al menos castiga la homofobia de Jorge con más severidad al ser abandonado en el burdel por su disgusto exacerbado. Aún así El Zambo es redimible como precursor gay no sólo por surgir en un contexto de dictadura militar o por ser uno de los pocos protagonistas afroperuanos del cine nacional. También lo es porque su sexualidad no se dejó en incógnita y porque, contra todo prejuicio, ésta no le impide relacionarse con sus amigos heterosexuales ni actuar como uno más. Lo más significativo de este rol es que sería el último en representar a un homosexual en más de una década, siendo su sucesor inmediato el preso Viejo de Alias “La Gringa” (Alberto Durant, 1991). Sería el propio Lombardi el autor del primer largometraje íntegramente enfocado en un personaje gay.


No se lo digas a nadie (1998) no se encuentra entre las más logradas del auteur tacneño pero fue suficientemente provocativa para dejar huella en la cultura popular peruana, especialmente por su exitosa banda sonora y un reparto que incluía a estrellas de televisión. Su arriesgada propuesta fue viable por ser la adaptación de la primera novela del periodista Jaime Bayly quien ya había hecho de su bisexualidad un componente jocoso de su faceta como presentador televisivo. La trama gira en torno a Joaquín (Santiago Magill), un limeño que desde muy joven es consciente de su homosexualidad y del fuerte rechazo que ésta genera incluso en su círculo social privilegiado. Curiosamente su aventura adulta despega donde acabó la de El Zambo, en un cuarto de burdel donde comprueba que es incapaz de tener sexo con una prostituta. A partir de ahí se abre un camino convulso que llevará a Joaquín a insistir en ser heterosexual con Alejandra (Lucía Jímenez) y a dejarse llevar por las drogas y por su verdadera orientación con Gonzalo (Christian Meier) y Alfonso (Giovanni Ciccia). linea cita blog
Es destacable que Lombardi haya convencido a galanes de telenovela a arriesgar sus carreras para interpretar a limeños atractivos son “normales" de día y gays de noche.
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extranos en la noche
Extraños en la noche. Santiago Magill y Christian Meier en No se lo digas a nadie.


Teniendo en cuenta que el tema seguía siendo tabú entre los peruanos de fin de siglo pero no así en la España de los co-productores del proyecto, Lombardi tenía el difícil reto de realizar una película aceptable para ambas partes. Como la historia original se prestaba a incluir desnudos femeninos por los intentos de Joaquín de ser heterosexual, el director encontró en ellos una especie de compensación para un público heteronormativo expuesto a las primeras escenas de besos y desnudos entre hombres del cine peruano. Digo desnudos porque, salvo una breve e icónica escena entre Joaquín y Alfonso, el sexo homosexual se reduce a planos de hombres semidesnudos compartiendo cama. En todo caso es destacable que Lombardi haya convencido a galanes de telenovela a arriesgar sus carreras (y legiones de seguidoras) para interpretar a limeños atractivos que son “normales" de día y gays de noche. En ese sentido la entrega en cuerpo y alma de Santiago Magill al rol protagónico es más que admirable.

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Contracorriente acierta con su dosis ligera de realismo mágico que posibilita escenas de romance gay a plena luz del día en medio de una cultura homofóbica.
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Al margen de un espíritu subversivo y buenas intenciones que constan en potentes escenas de discriminación y violencia homofóbicas, No se lo digas a nadie no logra estar a la altura de la irreverencia y sensibilidad de su material literario, en parte por haber estado sometida a una coyuntura férreamente machista. La forzada limeñización de Lucía Jímenez y la reprochable concepción de los roles femeninos también estropean la persuasión del relato. Al margen de sus defectos, el noveno largo de Lombardi siempre será histórico por visibilizar no a un individuo sino a toda una subcultura gay peruana, siendo así coherente con la filmografía de un director que explora las verdades ocultas e incómodas de la realidad peruana. Un film de culto cuyo aspecto más transgresor es el de prometer un drama juvenil con elementos pop heteronormativos y terminar exhibiendo los peligros de ser gay en un país homofóbico. Solo alguien como Todd Haynes lo hubiera hecho mejor.

Lejos de inaugurar un subgénero de películas gay desde entonces, el cine peruano pasó a rehabilitarse en la siguiente década con títulos de elevado contenido heterosexual. Algún personaje lésbico secundario se asomaría en un posterior film de Lombardi pero poco o nada más se vería en la ficción comercial. Una película ayacuchana, El pecado (Palito Ortega, 2006), abordaría la cruenta homofobia que se ejerce en la realidad andina, mientras que un film limeño sin estreno comercial, Condominio (Jorge Carmona, 2007), presentaría a una pareja gay afectada por el SIDA. En 2009 el film antológico Cu4tro supondría la vuelta de lo homosexual a la pantalla grande a través del episodio dirigido por Sergio Barrio en el que una relación consolidada entre dos hombres se ve amenazada por la enfermedad terminal de uno. Aunque breve y monótona, la historia implicó un peldaño más arriba respecto al film de Lombardi pues demostraba que la fidelidad y el cariño son perfectamente concebibles en una pareja homosexual. Felizmente solo sería cuestión de meses para que un nuevo largometraje peruano consolide este mensaje entre espectadores del Perú y del mundo.


triangulo de amor bizarro
Triangulo de amor bizarro. Manolo Cardona, Tatiana Astengo y Cristian Mercado en Contracorriente.


Contracorriente (Javier Fuentes-León, 2009) generó chispas desde que fue estrenada en festivales como Sundance y San Sebastián, acumulando una racha de premios que la perfilaron como una inmediata sucesora de La teta asustada (Claudia Llosa, 2009) ante los Oscar. La nominación nunca se materializó pero la película encontró una mayor retribución en sus más de 50 premios internacionales, una cantidad sin precedentes para cualquier película peruana. Sea por su historia honesta y conmovedora, la naturalidad interpretativa de sus actores, o su impecable fotografía y composición musical, lo cierto es que todos estos atributos fueron resultado de la pasión y empeño del primer guionista y director peruano abiertamente homosexual, procedente además de la renombrada escuela de cine de CalArts.

El primer acierto del debut de Fuentes-León fue romper con el desgastado centralismo de Lima y sus estrellas al situarse a orillas del pacífico pueblo de Cabo Blanco y convocar a dos latinos inéditos en el cine peruano para encarnar a la pareja central. Por un lado está Miguel (Cristian Mercado), pescador diligente, esposo ejemplar y miembro estimado de su comunidad católica que participa en la tradición de ofrecer los cadáveres del pueblo al mar. Por el otro, literalmente desde los márgenes, Santiago (Manolo Cardona) se dedica a fotografiar a los habitantes del pueblo pese a inspirar temor y rechazo por su condición de forastero y presunto homosexual. En medio está Mariela (Tatiana Astengo), esposa de Miguel que aguarda dar a luz al hijo de ambos y que no sospecha de la relación furtiva entre éste y el forastero. Casi como si partiera del triangulo juvenil de No se lo digas a nadie, Contracorriente se enfoca justamente en representar la tragedia que implica llevar una doble vida a causa de una homofobia enraizada en un cristianismo conservador.

Su segundo acierto, además de preservar el eje narrativo en los amantes, fue insertar una dosis ligera de realismo mágico para hacer posibles escenas de romance gay a plena luz del día en medio de una cultura homofóbica. Esto se debe a que, tras morir accidentalmente, Santiago es capaz de aparecer ante Miguel como si estuviera vivo, al punto de ser palpable, pero no puede ser visto por los demás. A pesar de su connotación negativa, el film aprovecha esta circunstancia para ofrecer una de las representaciones más libres de una relación homosexual cuyo motor, como el de cualquier pareja auténtica, es el amor. Eventualmente, la aparición del cádaver de Santiago y la necesidad de su alma de que sea ofrecido hacen que Miguel afronte el debate interno más difícil para cualquier miembro del colectivo LGTBI+: seguir viviendo una mentira o asumir el reto de la verdad. Este mensaje de resonancia universal es probablemente lo que ha hecho que Contracorriente trascienda fronteras y públicos como pocas películas peruanas.
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Este año nos ha puesto en los zapatos de aquellos miembros del colectivo LGTBI+ que han creído que su verdadera identidad es una enfermedad.
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colores verdaderos
Colores verdaderos. Marcha del orgullo en Lima de 2019.

Aunque no abandona ese pesado deber de sus predecesoras y sucesoras de concientizar sobre la homofobia a través de la tragedia, el film de Fuentes-León al menos se regocija en la fantasia de una pareja gay capaz de integrarse en esa misma comunidad peruana que los ignora o desprecia, llegando incluso a imaginársela como una familia junto al hijo de Miguel. Lo más cercano que ha estado el cine peruano a repetir esta grata experiencia ha sido Sebastían (2014), largometraje escrito, dirigido y actuado por Carlos Ciurlizza que se inspira en su experiencia personal y se enriquece de la pintoresca cultura de Lambayeque. Más recientemente tendríamos que hablar de Retablo (Alvaro Delgado Aparicio, 2017), cinta nominada a un Spirit Award y un BAFTA que retrocede en preservar la centralidad del personaje gay y en reducir el lastre de la homofobia más cruda pero que sobrecompensa al adentrarse en el seno de una familia andina tradicional y quechua hablante. Sus aspectos artísticos y culturales merecen ser discutidos en otro contexto pero su historia es un claro ejemplo de que el cine peruano ya no rehuye la exploración de la diversidad sexual.

No estamos seguros de cuando el Perú y muchas otras naciones estarán preparadas para asumir el hecho de que todos merecemos los mismos derechos, pero al menos sabemos que las artes como el cine están más que dispuestas a representar y reivindicar al colectivo LGTBI+ en cualquier punto del planeta. Podríamos pensar que este año no haría falta pues hoy sabemos lo que es convivir con un virus que nos atemoriza, que nos desespera por no encontrarle una cura, que puede acabar aislándonos de nuestro entorno e impedirnos tener cerca a quienes amamos. Porque este año nos ha obligado a ponernos en los zapatos de un portador de VIH pero también en los de aquellos miembros del colectivo que han creído que su verdadera identidad es una enfermedad. Aunque muchos no necesitábamos pasar por esto para abrir nuestras mentes y activar nuestra empatía hacia su causa, todavía hay quienes insisten en exhibir su intolerancia incluso en la España más inclusiva. Por eso las personas LGTBI+, su orgullo, su progreso y su representación cinematográfica no pueden ni deben parar.

No se lo digas a nadie puede verse en Flix Olé.

Contracorriente y Retablo pueden alquilarse en Wolfe On Demand.



Publicado el 06/07/2020



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