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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

Su Nombre es Fujimori: El virus de la dictadura


El documental de Fernando Vílchez resume la dictadura de Alberto Fujimori en los 90 a la luz de la candidatura presidencial de su hija Keiko en 2016.



Hoy el término dictadura se ha vuelto viral entre quienes están hastiados con los procesos de confinamiento de varios gobiernos del mundo que no han hecho más que contener eso que en su día minimizaron como “una gripe más”. Pero si algo resultó ser tan arbitrario, opresivo y letal como un dictador fue el propio virus que nos ha arrebatado la vida como la conocíamos y las de miles de personas. Estas pérdidas no se podrán compensar con ningún plan de reconstrucción. Tampoco con el consecuente esclarecimiento de causas y responsabilidades que sin duda debe llegar pero no mientras la tragedia siga en curso. Al final, como en los episodios más negros de la humanidad, solo la historia será capaz de juzgar las decisiones y acciones de cada nación involucrada y de la propia Organización Mundial de la Salud.

Dicho esto, me perturba la facilidad con la que se han equiparado los estados de alarma con estados de excepción. Por una parte porque, como se ha reconocido hasta la saciedad, “hasta no tener una vacuna o tratamiento, el confinamiento es la única esperanza” frente al virus. Ello no quita que las interpretaciones de confinamiento de cada gobierno hayan podido ser erróneas o exageradas y que hayan llegado tarde. Pero decididamente un confinamiento no es una dictadura. Algunos hemos tenido los recursos suficientes para sobrellevarlo mientras que otros ni siquiera tenían un hogar propio, han padecido hambre o se han visto forzados a salir a trabajar. Aun así, muchos en ambos grupos hemos sobrevivido. En una dictadura lo habríamos tenido más difícil porque nos habrían detenido y quizás desaparecido solo por criticar las normas o ser sospechosos de hacerlo. No habríamos podido comunicarnos entre nosotros, no habríamos accedido a medios informativos alternativos al régimen, y no habríamos sabido nada sobre la gestión de la crisis. En una dictadura lo más seguro es que el virus sería el mal menor.

Puedo comprender que las severas restricciones de movilidad y comercio a muchos les haya sonado a totalitarismo porque la mayoría de referentes contemporáneos son de izquierda, porque no hay precedentes recientes de encierros colectivos en Occidente, o simplemente porque no han atravesado por una dictadura reciente. Irónicamente la libertad de expresión ha permitido que se manifiesten incluso quienes piensan que ésta se ha perdido, y esto sí que me cuesta comprender. Procedo a hacer uso de la misma para hablar de Su nombre es Fujimori, un documental de Fernando Vílchez Rodríguez que tuvo como propósito informar a las nuevas generaciones de peruanos, y recordar a las anteriores, sobre lo que fue un verdadero estado de excepción. Uno que burló la democracia, que encontró cobijo en el sistema económico actual, que perpetró corrupción, crímenes y desinformación y que, pese a ser sentenciado por la justicia, no ha dejado de amenazar con volver. La historia del clan Fujimori y su irreversible impacto en el Perú contemporáneo ha dejado de ser una lección exclusiva para los peruanos.
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Un estado de excepción que burló la democracia, que encontró cobijo en el sistema económico actual, que perpetró corrupción, crímenes y desinformación, y que no ha dejado de amenazar con volver.
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ella es su padre
Ella es su padre. El afiche del documental.

La primera noción de dictadura que se desprende del documental es que ésta ni se avisa ni se negocia, simplemente se ejecuta. Basta con escuchar parte de la inquietante emisión de Radio Antena 1 durante la madrugada del 5 abril de 1992 para comprenderlo. En ella una serie de senadores y representantes de la sociedad civil reaccionan ante el sorpresivo comunicado de una reorganización del Congreso de la República por parte del Presidente. Al mismo tiempo, algunos de ellos reportan tener sus domicilios rodeados por miembros del Ejército. Pronto el locutor de la radio informa que un grupo de militares se han acercado a la estación para ordenar su cese de actividades que se efectúa en pocos minutos. Es el preámbulo del infame autogolpe de Fujimori que terminaría, entre otras cosas, con el Senado y la Constitución de 1979. El documental prosigue con imágenes de los preparativos de la gran marcha del 5 abril de 2016 en Lima en rechazo del autogolpe y de la candidatura presidencial de Keiko Fujimori, la hija del hoy encarcelado Alberto. Este el primero de varios diálogos que entabla el documental entre el pasado turbulento de los 90 y el presente de indignación popular frente a la amenaza del regreso del Fujimorismo al poder.

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Vílchez Rodriguez se asoció con periodistas independientes y familiares de las víctimas del Fujimorismo para realizar Su nombre… como último recurso
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Tal y como haría Michael Moore con un documental estrenado poco antes de las elecciones en Estados Unidos de 2019 para evitar el triunfo de Trump (Michael Moore in Trumpland), Vílchez Rodriguez se asoció con periodistas independientes y familiares de las víctimas del Fujimorismo para realizar Su nombre… como último recurso frente a una candidatura Fujimorista que ya había ganado la primera vuelta electoral. Tal era su fin altruista que no espero un estreno comercial y se difundió de forma masiva y gratuita por YouTube a tan solo una semana de la segunda vuelta. Si el documental pudo realizarse en tiempo record es porque en su mayoría es un recopilatorio de archivos audiovisuales de la época del Fujimorismo, aunque también incluye material original como algunas entrevistas y planos de la ya mencionada marcha del 2016. En ese sentido su estilo narrativo se acerca más al de un reportaje de investigación televisivo que, lejos de indicar una calidad inferior, es más estimulante y coherente que ciertos programas periodísticos que intentan lucir cinematográficos.


Su director ya había realizado un documental de investigación, La espera (2013), que esclareció la culpabilidad del segundo gobierno de Alan García sobre las muertes de nativos y policías en la ciudad amazónica de Bagua en 2009. Vílchez Rodriguez también se ha caracterizado por ser crítico vocal sobre casos de injusticias social en el Perú a través de cortometrajes experimentales como La calma (2011) y Solo te puedo mostrar el color (2014), ambos seleccionados por la Berlinale. Otra peculiaridad de este egresado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú es que ha logrado acercar al público cinéfilo de Lima a realidades y perspectivas casi prohibidas en la cartelera comercial como director del Festival Lima Independiente. Esta faceta la viene repitiendo en Madrid desde 2015 como co-director de Filmadrid. Solo alguien con estas credenciales podía aceptar el reto de un proyecto de emergencia inédito dentro de un cine peruano predominantemente apolítico. linea cita blog
Vílchez,  acompaña las imágenes de la campaña con una melodía de cuna que encaja con el tono satírico de sus palabras pero también con la inocencia del candidato.
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autogolpe
Autogolpe. Tanque del Ejército a las puertas del Congreso el 5 de abril de 1992

El propio Vílchez reconoció en la presentación del documental que no entendía cómo en los últimos 15 años de democracia se pudo perder el ímpetu que llevo a su generación a protestar contra una dictadura y celebrar su caída. Para resolver este enigma Su nombre… se remonta hasta la gestación de la primera campaña presidencial de Alberto Fujimori. Vílchez, en calidad de narrador, acompaña las imágenes de la campaña con una melodía de cuna que encaja con el tono satírico de sus palabras pero también con la inocencia del candidato que, como en un film de terror, no hacía más que encubrir un plan siniestro. Aquí aparece Vladimiro Montesinos, asesor y futuro jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) que sería el artífice de la masiva red de espionaje, corrupción y narcotráfico que sostendría la dictadura. Pero los socios más indignantes y que enlazan el pasado con el presente son los miembros de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas, la única institución civil que hizo público su apoyo al autogolpe del 92 y que, según el sociólogo Francisco Durand, había aguardado a un equivalente al dictador chileno libertario Augusto Pinochet. Esta revelación es una prueba contundente de que una dictadura no emana del poder popular sino de la presión de grupos de poder, sean militares o económicos.

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Estos casos de desgracia e impunidad confirman que, en una dictadura de verdad, las figuras disidentes o sospechosas de serlo son las primeras en desaparecer.
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Un aspecto sobre la dictadura fujimorista que favorece al documental es que, pese a sus restricciones y censuras, ésta fue una de las más documentadas de la historia, en parte por transcurrir durante el auge de las telecomunicaciones pero también porque sus delitos de corrupción fueron grabados y luego difundidos por el propio jefe del SIN en cintas mejor conocidas como Vladivideos. En ese sentido, el reto de Vilchez no radicaba tanto en encontrar sino en elegir las mejores escenas entre un mar de fuentes primarias y clasificarlas por capítulos. Las citas a trabajos previos sobre la dictadura como Historia del Perú (1998) de Lourdes Cárdenas y El viento de todas partes (2004) de Nora de Izcue enriquecen aún más el metraje y refuerzan un espíritu crítico que ciertamente carecieron la gran mayoría de medios de comunicación durante el régimen.

El segmento que muestra una clara alteración estilística es el correspondiente a las masacres de Barrios Altos y La Cantuta y a la historia de sus ejecutores, el destacamento militar Colina y su deplorable jefe Santiago Martin Rivas. Al mostrar las imágenes en blanco y negro acompañadas de un fondo musical épico y una narración de tono condenatorio, Vílchez resalta y reivindica a las víctimas de los delitos más graves de la dictadura que fueron minimizados y hasta negados por una parte de la sociedad peruana cegada por el mantra de “la pacificación y estabilidad económica” que el Fujimorismo no deja de enarbolar hasta hoy. De ahí que sea significativo que el documental incluya la lectura entera de la sentencia de Fujimori en 2009 así como una performance sobre la misma en 2016. El documental también cubre el asesinato del líder sindicalista Pedro Huilca y las esterilizaciones forzadas a mujeres campesinas, delitos que no están contemplados en la condena que cumple actualmente el ex-dictador. Estos casos de desgracia e impunidad confirman que, en una dictadura de verdad, las figuras disidentes o sospechosas de serlo son las primeras en desaparecer, y que el resto de la población se convierte en un blanco más que potencial.


sin distancia
Sin distancias de seguridad. Keiko Fujimori y Hugo Chavéz en una cumbre del 2000.

Aunque el documental está lejos de cubrir todos los escándalos, abusos y retrocesos que implicaron la dictadura, al igual que otras respuestas populares como la extraordinaria Marcha de los Cuatro Suyos, la secuencia que muestra las celebraciones en la Plaza de Armas de Arequipa tras la caída del dictador confirma que la indignación nacional no se limitó a un puñado de periodistas, estudiantes y defensores de derechos humanos de Lima. Es en este punto cualquier espectador ajeno a la historia reciente del Perú podría rascarse la cabeza y preguntar qué pasó para que en menos de dos décadas un documental tuviera que advertir sobre el regreso del mismo totalitarismo. La congresista Marisa Glave ofrece una respuesta contundente: “Recuperar la democracia solo fue recuperar los procedimientos democráticos… pero el montaje de lo que significaba el Fujimorismo lo dejaron intacto… Gobernaron con su Constitución (de 1993)…que nació del golpe… y se encargaron de decir que el país salía adelante porque tenía una Constitución neoliberal.” Un tweet de Keiko Fujimori de 2012 conmemorando el autogolpe avala las palabras de Glave y demuestra que el rechazo hacia su figura es menos por ser hija de Alberto y más por heredar con fervor el legado del dictador.

Justamente por la extensión ideológica de su padre, el documental apenas le dedica una secuencia a la candidata Keiko, una que irónicamente calza con la estructura narrativa que Vílchez utiliza previamente para la candidatura del padre. Este eco narrativo, al igual que el afiche genialmente grotesco del documental, rebate el lema que alguna vez utilizó la candidata para distanciarse de la dictadura pero también refleja el inquietante panorama de un país al borde de repetir su trágica historia. En realidad cualquier peruano podría decir que lo venimos haciendo desde que se restableció la democracia pues todos los ex-presidentes, incluido el rival de Keiko en 2016, están implicados en el caso de corrupción internacional Odebrecht. El anterior documental de Vílchez, La espera, también evidencia que el cambio ha sido nulo en materia de derechos humanos. Entre este fracaso de pseudo-demócratas de derecha que antes lucharon contra el Fujimorismo y el estigma de la izquierda política por la degradación que el terrorismo de Sendero Luminoso hizo de sus ideales (además de sus propias figuras decepcionantes), es inevitable que Keiko tenga un camino cada vez más ancho para recuperar el poder.

Estos errores y delitos ajenos no hacen que el Fujimorismo deje de ser una mafia que, con el paréntesis de la condena a su líder y cómplices, ha seguido siendo favorecida por un Estado definido por la Constitución del dictador. De ahí que el Jurado Nacional de Elecciones la haya legitimado como fuerza política desde la primera elección en democracia. Sin ir más lejos, en el último año y medio Keiko ha cumplido prisión preventiva por el caso Odebrecht pero ha sido liberada dos veces, la primera por una polémica decisión del Tribunal Constitucional y la segunda por peligro de contagio de COVID-19 en la prisión. No se pondría en cuestión el motivo humanitario de esta última si no fuera porque, a diferencia de otros investigados por el mismo caso y del resto de mujeres presas, a Fujimori se le ha ofrecido la libertad bajo fianza. Una dictadura, en efecto, puede hacer preservar su influencia en las instituciones para proteger a sus herederos y seguidores y permitir un potencial retorno.
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"Recuperar la democracia solo fue recuperar los procedimientos democráticos… pero el montaje de lo que significaba el Fujimorismo lo dejaron intacto."
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fujimori nunca mas
“¡Fujimori nunca más!” Panorámica de la marcha del 5 de abril de 2016 en Lima.

El hecho de que Su nombre es Fujimori no pudo estrenarse en salas, a diferencia del de Moore en Estados Unidos, también se debe a un Fujimorismo que relegó la industria cinematográfica nacional en favor de la dictadura de las distribuidoras de Hollywood en la cartelera peruana. Por ello es muy significativo que uno de los golpes decisivos en la apretada derrota de Keiko en 2016 haya venido de ese cine peruano desahuciado por la ley libertaria de su padre, uno que no había sido tan explícitamente crítico desde Mariposa negra (2006) de Francisco Lombardi. Aunque fue realizada en un tiempo apresurado y para un tiempo concreto, el documental de Vílchez se ha mantenido vigente en los últimos años, siendo proyectado en ciclos dentro y fuera de Perú. Incluso ha sido la segunda película peruana gratuita más vista durante el confinamiento según Cinencuentro, algo que reconforta teniendo en cuenta la reciente liberación de Keiko. La energía que capturan sus planos de la marcha de 2016 no puede perderse por una pandemia que no ha hecho más que exponer la desigualdad socioeconómica y la precariedad sanitaria dictadas por la Constitución Fujimorista.

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Aunque fue realizada en un tiempo apresurado y para un tiempo concreto, el documental de Vílchez se ha mantenido vigente en los últimos años
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No espero que la historia de mi país cambié dramáticamente después de la pandemia, sobretodo con un Fujimorismo latente que ya busca responsabilizar exclusivamente al gobierno de turno. Ni siquiera espero que la comunidad internacional se preocupe por nosotros, no solo porque deben lidiar con sus respectivos delirios post-pandemia sino porque durante los 90 ningún politico extranjero hizo cola para ondear nuestra bandera y hacer viral nuestra opresión. Al final no hicieron falta porque el propio pueblo le puso freno, ese mismo pueblo que cada día se levanta para sobrevivir no gracias sino a pesar de un Estado incompatible con el bienestar social. Lo que sí espero es que la grave crisis que atraviesa el Perú, en parte propiciada por el virus político que denuncia el documental, sirva de ejemplo para otros pueblos que no son conscientes de lo cruciales que son sus instituciones y normativas públicas y que están siendo tentados por la auto-medicación de un libertarismo que hoy clama por una libertad que no se ha ido. Desde luego mi familia migrante y yo estamos conformes con ejercer una responsabilidad individual compatible con un estado de alarma temporal en el que debe primar la salud colectiva. El de excepción, el del sálvese quien pueda (costeárselo), ya lo dejamos atrás.

Su nombre es Fujimori puede verse en el siguiente enlace. Otros trabajos de Fernando Vílchez Rodríguez pueden verse en Cineaparte.


Publicado el 01/06/2020



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